Imagen: Manifestación Tren de la Libertad 1F de 2014 (Madrid)
Hoy, #8M, es el Día Internacional de las Mujeres y pienso, que este año, se lo quiero dedicar (y se lo dedico) a muchas #mujeres. Se lo dedico a las mujeres que hablan alto y claro y que se repiten hasta la saciedad para hacerse oír. Estas mujeres,
no tienen miedo de decir ni dejar por escrito lo que piensan, su
argumento es sólido, no ondea con el viento. Son "Las sin miedo". Como
el famoso Juan que no tenía miedo a nada y salía de casa dispuesto a
conocerlo ¿Recordáis? Se encontraba con personajes aterradorxs, pero no
sentía miedo. Sin embargo, al final lo conoce con algo que no debía
suceder y le coge por sorpresa: un jarro de agua fría mientras duerme.
El pasado año, un jarro de agua fría cayó el 20 de diciembre. Y desde 2011,
hay otra jarra sin revisar, derramando gotita a gotita sobre nuestras
cabezas, (esperamos que desde ayer gotee menos). Y todos los años, caen jarras heladas todos los meses que nos recuerdan que eso de la Igualdad,
el Machismo o la Violencia Patriarcal, son términos vigentes un 8 de
Marzo más (Sí, me refiero a los asesinatos) Y en realidad, también me
quiero referir a muchas cosas más, porque llega el momento en que una
piensa que de lo que no se habla, no existe. Pero para eso, están los
364 días del año restantes. Hoy, feliz Día Internacional de las Mujeres,
y GRACIAS.
Este año, quiero compartir algo diferente; Un POST de Rubén García Sánchez, psicólogo especializado en sexología, género e inteligencia emocional, que trabaja sobre el tema de "nuevas masculinidades"
Imagen: Forges
Y otro POST de Coral Herrera Gómez. Doctora en Humanidades y Comunicación Audiovisual, con énfasis en Teoría de Género.
¿Por qué? Me ha gustado que traten de otras formas de ser, de estar y de relacionarse entre las personas Mi planteamiento, en este momento, es así de simplista
¿Por qué? Creo que es porque necesito que lo sea. Porque estoy #harta El otro día, desde blogueras.as, nos lanzaban esta invitación: solo di de qué estás harta y haz que tu hartazgo nos llegue..." Facebook: https://www.facebook.com/Blogueras.as Twitter: @bloguerasAs Leo los hartazgos y comparto indignación. Es verdad, estoy #harta
Cada año, en torno al 25 de Noviembre, leemos y escuchamos diversas reflexiones acerca de la Violencia de Género. Hace unas horas, leía una llamada a la reflexión y a la acción colectiva, de Sara Porras, la Coordinadora del Área de Mujeres de Izquierda Unida Madrid. En su artículo, expresa: "La violencia machistase cobra más vidasque cualquier otro tipo de
violencia en el estado español, y sin embargo no veremos el 25 de
Noviembremanifestaciones multitudinarias condenando esas muertes" ¿Por qué? (...)
(...)
(...)
En uno de los post de arriba, puedes leer:
"supone también honrar el derecho universal a querernos como nos plazca. Se me ocurre, además, que podemos aprovechar esto de ponernos a pensar en construir relaciones sanas y bonitas para aprender a disfrutar más de la vida y del amor"
A mi también se me ocurre todos los días del año. Y se conseguirá porque MUCHXS pensamos lo mismo y actuamos para que así sea
A Eva le gustaba visitar casas donde hubiese niñ@s. Se relajaba. Para ella, eran personas en miniatura con l@s que pasar un buen rato. Nada de reproches, nada de tristezas, nada de estrés… si acaso, algún llanto descontrolado, una caricia y punto. Había que tener un poco de mano izquierda, la que ella sabía tener.
Por eso, aquella tarde visitó la casa de su hermana, para ver a Ana, más conocida como "Anita", su pequeña sobrina de apenas dos años. Anita era una niña muy despierta con cara de luna y ojos verdes de gata. Podría haber sido una niña de anuncio, quizá de pañales o leche desnatada, pero en cambio, tan sólo era la niña de los ojos de Eva, muy de vez en cuando. Aquella era una de esas tardes. Pensando en juegos y maquinaciones infantiles llegó Eva al segundo piso. Pero se encontró algo muy distinto.
-¡Ah! ¿Eres tú…? Hola… - dijo su hermana con desgana al abrir la puerta
-¡Hola! ¿Te pasa algo? – preguntó Eva al mirarle los ojos
-No… nada… pasa vida, ahí esta Anita. ¡Anita! ¡Mira quién esta aquí! – contestó la mujer con voz suave y forzada
Si contamos los defectos de Eva, el mayor de todos era la impuntualidad, siempre llegaba al menos diez minutos tarde, (aquello suponía un gran problema en el colegio), también pecaba de ser quisquillosa a la hora de comer pescado (sin espinas, por favor) y, por qué negarlo, era una auténtica vaga en las tareas del hogar…
… pero no era tonta. Y en momentos así, le parecía que aquel constituía el mayor defecto de todos… ¡cuánto mejor sería no enterarse de nada!
-¿De verdad qué no pasa nada? – volvió a preguntar mientras se ponía cómoda en el sofá
Pero no tuvo que esperar mucho para obtener respuesta. De repente, oyeron golpes en la puerta y una voz que maldecía por no poder abrirla.
La alarma de Eva se disparó. Si que pasaba algo. ¿Por qué tenía que haber llegado precisamente en ese momento? ¿Por qué su hermana no podía prevenirla de aquello?
Tras un minuto que le pareció eterno, su cuñado apareció en el umbral del salón totalmente borracho.
-Ho… la… ¡Ho… la… Anita! ¡Ah! ¡E…va! ¿Qué tal? – sonreía mientras hablaba. Apenas podía tenerse en pie
Eva se tensó de inmediato. Comenzaba a ponerse muy nerviosa con apenas ver de lejos aquel inconfundible tambaleo. No era la primera vez que veía a su cuñado en ese estado y nunca sabía que hacer. Se quedaba sin palabras, no sabía si responder tranquilamente para que la dejase en paz o mirar hacia otro lado para que se olvidase de ella. No soportaba el olor a alcohol, no aguantaba la tensión que se cortaba en el ambiente. De repente, Eva se sentía muy pequeña y quería desaparecer.
-“Vale, tranquila… en ese estado lo más probable es que se vaya a la cama… céntrate en la niña y pasa de él… joder Eva, que ya tienes trece años… no dejes que te intimide... no dejes que te intimide…” – se repitió como un mantra salvador
Nunca supo si la intención de su cuñado al llegar a casa aquella tarde, era irse directo a la cama para dormir la mona. La reacción de su hermana cortó el ambiente y los planes tranquilizadores de Eva.
-¡¿Tú que eres IMBECIL?! ¡Llevo toda la noche esperándote! ¡Mira como llegas! – vociferó mientras le arrastraba al pasillo
Eva estaba petrificaba. No sabía mucho de borrachos pero le parecía muy mala idea insultarles… ¿y si se ponía agresivo? ¿Y si le hacía algo a su hermana? Trato de tranquilizar a Anita que se había asustado con los gritos. La atrajo hacia sí y le susurró que no pasaba nada. Cayó en la cuenta de que estaba haciendo lo mismo que su hermana. Como siempre, nunca pasa nada…
Apenas dos metros de distancia separaban ambas estancias. No es que su hermana viviese en un piso muy grande y tampoco puso cuidado en irse más lejos a discutir. Aquello estaba pasando allí mismo y la conversación no bajaba de tono.
-¡¿Y dónde esta el dinero de ayer, eh?! ¡¿Te lo has gastado todo?! Eres un cabrón… un borracho cabrón, ¡déjame en paz! – su hermana gritaba como si se le fuese la vida en ello, mientras intentaba zafarse de aquel saco de alcohol, que a su vez, intentaba darle un besito por respuesta
Eva intuyó que aquella actitud cariñosa no podía durar mucho y deseó que su hermana no gritase más. Deseó que se callase y viniese a jugar con ellas. Deseó que él se fuese a la cama y que ni siquiera hablasen en aquel estado de embriaguez… pero a veces, los deseos se cumplen y otras no. Se cumplió su intuición.
Su cuñado pasó de la amabilidad de los besitos en la mejilla a adoptar una pose desafiante ante los ataques verbales de su hermana. Comenzó a levantar la cara y su mirada se transformó de la burla, al asco…
-¡Ca…lla! Ssssshhhhssss ¡Cállate! – gritó mientras le tapaba la boca - ¡Qué te ca…lles de una puta vez!
Su hermana se zafó de la mano en la boca, le empujó y le registró los bolsillos. Continuaron gritando.
Parecía que ninguno de ellos se acordase de que había dos niñas en el salón. El hombre se reía, mientras su mujer le daba la vuelta a los bolsillos y le llamaba “borracho perdedor”. Como si le hubiese leído la mente, su hermana se acordó de pronto de las niñas, pero no como Eva quería.
- ¡Sinvergüenza! Con las niñas aquí… ¡menudo espectáculo eh! Y luego dices que la quieres… ¡eres un cabrón! Gastándote todo nuestro dinero en beber… ¡¿qué le voy a decir cuándo aparezcas en una cuneta?! – su hermana estaba fuera de sí
Eva pensó que aquello se parecía a lo que veía en las películas, pero odió vivirlo en primera persona. También pensó que no podía contar aquello en el Colegio. Imaginar las caras de reprobación de sus amig@s le daba vergüenza… lo mejor sería no contar nada por el momento. Más adelante, podía hacer referencia a este incidente, como si hubiese pasado hacía mucho tiempo, como si ya no le aterrorizase y le pareciese divertido. No, pensándolo mejor, quizá nunca le llegase a parecer una anécdota divertida…
Sentía como crecía la tensión y no sabía que hacer para parar aquello. Intentó llamar a su hermana un par de veces, pero gritaban demasiado alto. Se levantó para que la viesen y se quedó a medio camino.
-¡Zorra! – Vociferó su cuñado - ¡eres u…na zorra! ¡Déjame en paz!
Anita intuyó que pasaba algo peor de lo que hasta entonces sucedía. Tiró el juguete al suelo, miró a Eva y comenzó a hacer pucheros. Eva estaba petrificada de nuevo. Sonrió a la niña, la agarró por los rechonchos bracitos y la atrajo hacia si. Todo sucedió en cuestión de segundos. Eva, contempló horrorizada, como arrinconaban a su hermana contra la pared blanca.
- ¡Hija de pu…ta! - Su hermana se cubrió la cara con los brazos y por un instante pareció asustada, pero de repente, le empujó y se puso ante él
- ¡¿Qué me vas a pegar?! ¡Venga, pégame! ¡Pégame! – gritaba enloquecida
Por dos veces, su cuñado levanto la mano y terminó pegando con el puño en la cabeza de su hermana. Esta comenzó también a pegarle. Le empujó, le tiró del pelo, le arañó la cara… Todo sucedió en cuestión de segundos. Su hermana dijo algo que a Eva se le marcó a fuego
- ¡No me vas a pegar más! ¡No me vas a pegar más hijo de puta!
Anita lloraba a lágrima viva y Eva salió de su letargo. Comenzó a gritar e intentó separarles. Nadie reparo en ella. Se llevó un empujón y se quedó de nuevo sumida en el pánico. Aquellos, fueron los segundos más largos de sus trece años de vida.
Finalmente, la puerta de la entrada a la casa, se llevó la última parte de violencia. Su cuñado comenzó a meterle patadas hasta que le hizo un agujero. No se trataba de una puerta blindada, ni siquiera una puerta de calidad media… era una birria de puerta que no aguantó ni medio asalto. Pero Eva, agradeció infinitamente que así fuese. Agradeció que sirviese para que aquel ser descargase su ira y se largase por fin.
Su hermana corrió detrás de él por las escaleras y ambos desaparecieron de su ángulo de su visión. Abrazó a Anita muy fuerte. Ahora sabía que no era la primera vez que ocurría aquello. Y no quería saber que no sería la última.
Estaban más tranquilas cuando su hermana volvió a entrar en casa. Anita había hecho un garabato azul en un folio y corrió a enseñárselo a su madre. Ella le sonrió, pero sin hacerle demasiado caso, encendió un cigarrillo y se puso a fumar.
Trato de calmarlas – calmarse – e inhalo y exhalo el humo compulsivamente mientras hablaba.
Así llevaban un rato, más o menos “tranquilas”, cuando Anita comenzó a requerir más atención de su madre.
Y entonces ocurrió. La hermana de Eva se levantó bruscamente, fue hacia la niña, la agarró por la pierna y la tiró contra el sofá gritando que “¡ya estaba bien, que dejase descansar un poco a su madre!” ante una boquiabierta Eva que vio “volar” a su sobrina por delante de sus narices. La habitación se paralizó durante unos instantes.
- ¡¿Pero que estás haciendo?! ¡No puedes hacerle eso a la niña! ¿Estás loca? – gritó Eva rompiendo el silencio
Su hermana se abalanzó hacia la pequeña Anita y empezó a llenarle la carita de luna llena a besos. No paraba de pedirle perdón a la niña y de comprobar una y otra vez si estaba bien. La niña estaba paralizada y no reaccionaba de ninguna forma. Ni siquiera lloraba.
Eva tampoco, y eso que hubiese querido llorar en ese momento. De hecho, tenía ganas de llorar desde el principio. Sentía un nudo en el estómago y otro enorme en la garganta. Llevaba un rato aparentando tranquilidad pero realmente estaba muerta de miedo y respiraba con dificultad. Sentía miedo ante una posible vuelta a casa de su cuñado, ante otro ataque de nervios de su hermana, a no estar allí para “controlar” lo que sucediese…
Por eso se había quedado y no estaba corriendo ya hacia su casa. La otra razón para no llamar adult@s que se hiciesen cargo de la situación, era que su hermana se lo había pedido por favor... ¿qué otra cosa podía hacer? Su hermana nunca le había pedido nada hasta entonces, ¿cómo podía gritarle que no, que debía salir corriendo a buscar ayuda para las tres…? Total, ahora, ¿ayuda para qué? ¿Por qué no había salido antes a buscarla?
En ese momento, había pasado todo y su hermana reía compulsivamente, y lloraba, y abrazaba a Anita, que imitaba a su madre y reía también, y le agarraba la barbilla con su manita rechoncha y le subía la cara para mirarle los ojos y comprobar que mama seguía riendo
-Mama… ¡volé! ¡Volé como un avón (avión)! – y soltaba grititos nerviosos mientras hablaba
Eva comenzó a reír de forma histérica. Se dio cuenta de que aquella risa tan ridícula y estúpida, le hacía sentir mejor en aquel momento, y se dejó llevar. Reía y reía nerviosamente mientras contemplaba aquella “hilarante” escena sobre el sofá.
Entonces, decidió que no volvería de visita a aquella casa y nunca volvió sola por allí.
Años más tarde, sólo recordaba el incidente de “la puerta”, nada más. La anécdota de “aquella birria de puerta, que una tarde de invierno, su cuñado destrozó a patadas”
Tuvo que ser su terapeuta, muchos años después, quien le hiciese recordar aquel episodio como lo que realmente fue.
Su memoria a largo plazo, caprichosa donde las haya, lo había archivado sin posibilidad de rescate. Como otras muchas cosas.
Eva podía tener muchos defectos… pero no era tonta.
Madrugada 24/03/2010 He tenido un sueño regresivo. Llevaba el piercing en el labio, el que se me perdió hace años, y vivía una situación cotidiana con mi padre, en el que era mi cuarto de entonces. Estaba cambiándome de ropa y gritábamos; yo, frente al armario y él, fuera de la habitación. No recuerdo los motivos, ni qué palabras nos decíamos, pero supongo que la cuerda se tensó demasiado, porque empezó a amenazarme con que iba a entrar, yo le desafié y entró. Me agarró del brazo, me sacudió como un trapo y me sacó de la habitación para seguir gritándome en el recibidor. Yo empecé a llorar por la vergüenza de estar en braguitas... y supongo que por el miedo. O la rabia y el susto. O el susto y la impotencia... no sé. Simplemente lloraba. El caso es que, consciente de que era un sueño, me parecía muy real. Estaba con los ojos cerrados, tendida en la cama de mi casa, ya sin ellos, y sin embargo, estaba viviendo aquella situación... y me he dado cuenta, de que, probablemente, fuera del mundo onírico, todo haya sido más o menos parecido alguna vez... algo que la mente esconde, echa en un rincón y guarda con esmero... pero de golpe y sin previo aviso, el subconsciente (mi subconsciente) lo ha recordado esta madrugada, piercing incluído... Nunca dejará de fascinarme - mejor o peor parte - lo que habita en el mundo de los sueños
Cuando yo tenía 17 años, sobrevolaban cíclicamente dos ideas sobre el cuarto en el que dormía. La primera; quería ser como los demás y “no pensar” en asuntos vitales. Quería ser feliz y no estar preocupada de forma permanente en misticismos. Creía que necesitaba ser más niña de lo que era, aunque en realidad, fuese una “pava”. Y la segunda; vivía irremediable y terriblemente enamorada. Creía morir de amor a cada paso. Escribía textos repletos de exclamaciones y escuchaba canciones sobre primeras citas y “para siempre”. En aquel particular universo de teleserie para adolescentes, todo era genial, nuevo y distinto para mí.
Más feliz o menos, alocada o consciente del mundo, mejor o peor, viví mi adolescencia como otras muchas; mil amig@s, dos mil proyectos, unas tres mil dudas y unos cuatro mil millones de pájaros en la cabeza… A pesar de que existían la tristeza, las dudas y las reflexiones vitales, el mundo era un lugar maravilloso y lleno de posibilidades. Podías bailar y saltar como una posesa. Besabas, toqueteabas, reías, y bebías alcohol sin más control que la escasez de billetes que llevabas en la cartera. Estaba claro que nunca había que irse con extraños, y mucho menos transitar sola por lugares oscuros y callejones siniestros. Estaba claro que existían violadores, locos suicidas, asesinos, gente poco recomendable, alcohólicos y drogadictos de los que había que huir. Personas que obligaban a cambiar de acera al grupo que salía siempre junto y poco menos que de la mano. Estaba claro un patrón de vida “saludable” que intentaban educar en las aulas, la familia y hasta en los medios de comunicación…
… todo eso estaba más o menos claro a mis 17 años. Lo confuso hubiese sido otra cosa, para la que en principio, no te preparaba nadie. Confuso hubiese sido tener un novio celoso que de repente me calzase una hostia. Estar enamorada de un chico que me hiciese la vida imposible por salir con mi pandilla de amig@s. Salir con alguien que convirtiese las canciones románticas y los textos que yo escribía, en una utopía de enamorada juvenil sin pies ni cabeza. Tener un presunto enamorado que me prohibiese cosas y me hiciese chantaje emocional cada vez que me armase de valor para dejarle. Un amor que me forzase a mantener relaciones sexuales sólo por meterla donde fuese, sin contar con mi absoluta conformidad y convencimiento.
Un adolescente (igual que yo) Alguien en quien (por edad) confiase más que en los míos, Un amor que yo creyese “para siempre” Y al que venerase en mis sueños Una persona a la que amase más que a mi vida…
… lo confuso, irracional, perverso y del todo incomprensible, que hubiese sido morir a manos del chico por el que sientes todo esto, a tus 17 años.
Con 27, continúa siendo confuso, irracional, perverso y del todo incomprensible, que una niña de 17 años, llamaba Marta del Castillo, haya sido asesinada por un chico ex – novio suyo. Hoy más que nunca, tod@s somos Marta.